¿Qué podía hacer un grupo de chicos cuando una pelota caía en la casa del vecino más temido de la cuadra? Don Roque tenía una respuesta muy particular. Y los chicos, en lugar de aprender la lección, inventaron una manera de vengarse. Una historia real de fútbol, travesuras y vida de barrio

Cuando Víctor tenía entre ocho y diez años, la calle donde vivía era mucho más que una calle. Era una cancha de fútbol, un campo de aventuras, un escondite perfecto y, muchas veces, el escenario de pequeñas guerras que solo los chicos podían tomarse tan en serio.

Todas las tardes, apenas terminaban las obligaciones de la escuela, aparecían los mismos rostros de siempre. Los chicos salían de sus casas con la pelota bajo el brazo y se adueñaban de la cuadra. No hacían falta arcos. Dos piedras, una pared o una puerta servían para marcar los límites de cualquier partido.

Jugaban con las famosas pelotas “Pulpo” de goma, resistentes como pocas. Aguantaban los pelotazos contra las paredes, los rebotes en los cordones y las patadas más violentas. Parecían indestructibles. Solo parecían, porque en la cuadra había alguien capaz de terminar con ellas en cuestión de segundos.

En una de las casas vivía Vicente, el zapatero del barrio. Todos lo conocían como el Gringo Vicente. Había llegado a la Argentina desde Italia, siendo adolescente, en 1955, y con el tiempo se había ganado el respeto y el cariño de los vecinos. Era amable, conversador y siempre estaba dispuesto a dar una mano.

Pero el personaje que verdaderamente fascinaba a los chicos era su padre, Don Roque. Un hombre que parecía haber nacido viejo.

Víctor todavía lo recordaba sentado en una pequeña silla de paja, baja y gastada por los años, instalada sobre la vereda. Allí pasaba gran parte del día observando la vida del barrio. No hablaba demasiado. Tampoco sonreía mucho. Su sola presencia alcanzaba para imponer respeto. Y siempre estaba acompañado por su inseparable pipa.

Los chicos estaban convencidos de que aquella pipa tenía algo mágico. Nunca la veían apagada. A cualquier hora del día, Don Roque permanecía allí, expulsando lentas nubes de humo mientras observaba la calle con una mirada que parecía verlo todo.

La casa tenía una puerta de entrada y un gran portón de chapa que daba directamente a la vereda. Y ese portón se había convertido en una verdadera obsesión para los chicos.

Cada partido terminaba inevitablemente de la misma manera.

¡Bang!

La pelota golpeaba la chapa, el ruido retumbaba por toda la cuadra y cuanto más fuerte sonaba, más divertido resultaba. Los padres de Víctor y de los demás chicos los retaban una y otra vez.

—No molesten a los vecinos.

—Déjenlo tranquilo a Don Roque.

—Algún día van a tener problemas.

Pero las advertencias duraban poco. Apenas comenzaba un nuevo partido, todo volvía a repetirse.

El verdadero drama ocurría cuando la pelota terminaba dentro de la propiedad. En esos momentos el juego se detenía por completo, los chicos se quedaban inmóviles. Miraban el portón, después se miraban entre ellos.

Nadie quería acercarse porque todos sabían lo que podía pasar.

A veces aparecía Don Roque sosteniendo la pelota en una mano. No gritaba. No amenazaba. Ni siquiera discutía.

Eso era lo peor, simplemente observaba la pelota durante unos segundos. Luego sacaba una navaja, la abría con una lentitud escalofriante y delante de todos, sin decir una sola palabra, cortaba la pelota al medio.

La goma se abría con un sonido seco, después arrojaba los restos a la calle. La sentencia estaba cumplida. Los chicos se quedaban mirando los pedazos de la Pulpo con una mezcla de tristeza y bronca.

Era como asistir a un funeral. Pero lo increíble era que al día siguiente todo volvía a empezar, nadie aprendía la lección. Lo peor era lo que hacían cuando Don Roque desaparecía de la vereda, en esos momentos comenzaba otra de sus travesuras favoritas. Víctor y sus amigos tenían unos bolones de acero pesadísimos.  Esperaban pacientemente hasta estar seguros de que el viejo ya no estaba afuera, se acercaban al portón. Uno hacía de campana, otro tomaba impulso y el bolón salía disparado. El impacto contra el portón era brutal. La chapa vibraba como si hubiera recibido un martillazo gigantesco, el estruendo resonaba por toda la cuadra y en ese mismo instante los chicos salían corriendo. Cada uno para un lado diferente. Se escondían detrás de los árboles, de los autos estacionados o en los zaguanes de las casas.

Entonces llegaba el espectáculo, a los pocos segundos aparecía Don Roque. Furioso. Abría la puerta de golpe y salía a la vereda buscando a los culpables. Miraba hacia todos lados, intentaba descubrir de dónde había venido el ataque y empezaba a lanzar insultos al aire. Los chicos, ocultos a pocos metros, hacían esfuerzos desesperados por no largarse a reír.

Aquella escena se repitió decenas de veces.

Esos enfrentamientos formaron parte de la vida de barrio de una época que ya desapareció.

 

Esta historia ocurrió en 1968 en la cortada Sol de Mayo, Rosario.

 

 

 

 

 

 

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