“Siempre hay un amigo que cree en los platos voladores. Siempre”.
Piturro tenía cara de bueno. Pómulos marcados, ojos rasgados, sonrisa abierta. De esas que muestran todos los dientes sin culpa. Era de pueblo, se notaba. Había nacido y crecido en el campo, en Bernardo de Irigoyen.
Cuando terminó la escuela secundaria se fue a Rosario, quería estudiar en la Facultad de Arquitectura. Ahí conoció a Quique.
Quique era otra cosa. Barrio popular, perfil bajo, de los que no suelen salir de su mundo. Pero algo cambió. Cruzó ese límite invisible y terminó en la facultad.
No tenían mucho en común, pero encontraron un punto de conexión.
Las armas.
Piturro venía del campo. Cazar era parte de su vida. Quique lo vivía distinto: más intenso, más como identidad que como costumbre.
Y después estaba el Pitu. El Pitu no cazaba. Nunca había estado cerca de un arma.
Lo suyo era otra cosa, estaba fascinado por los ovnis.
Mientras unos hablaban de calibres, distancias y puntería, él hablaba de naves espaciales, de luces en el cielo, de avistajes.
Era la década del 70. Y en esa época, se decía —y muchos lo creían— que en zonas cercanas a Rosario se veían cosas, cosas raras.
Un día, Piturro hizo la propuesta.
—¿Vamos al campo el fin de semana? Salimos a cazar. Volvemos el domingo.
Quique dijo que sí, sin dudar. Nunca había salido de Rosario.
El Pitu también dijo que sí, pero por otro motivo. Bernardo de Irigoyen era considerada una zona de avistamientos.
El plan quedó cerrado.
—Yo llevo mis armas —dijo Quique.
—Yo también —sumó Piturro.
—Yo llevo la Baldinette —dijo el Pitu.
Silencio. —¿La qué?
—La Baldinette. Una máquina de fotos.
No dijeron nada. Se quedaron intranquilos, no les gustaba la idea de encontrar un plato volador en medio del campo. Salieron de la Facultad al finalizar la última clase del día viernes. Después de una hora y media de viaje, llegaron.
Pedernera los esperaba en la ruta, era el puestero del campo. Nació, se crió y vivió toda la vida en Irigoyen. Era el sujeto indicado para todo. Un tipo curtido, de pocas palabras. Hablaba con la profundidad de sus ojos. Sabía lo que hacía
Fueron directo a preparar todo para salir a cazar. Pedernera comenzó a distribuir las armas sobre una mesa. Quique tomó las suyas, lo mismo hizo Piturro.
Le preguntó al Pitu, cuál era el arma que prefería utilizar. -Tranquilo Pedernera, yo voy con la Baldinette, le respondió.
Se produjo un silencio incómodo, no sabía nada de la Baldinette.
-¿Una Baldinette, de dónde es?- preguntó. Alemana, contestó el Pitu. Pedernera se dio vuelta y lo miró. Sintió que no le mentía, aunque desconfiaba.
¿Es nueva? Sí, contestó el Pitu. Se dio por vencido. Pero tenía dudas. Solo veía que le colgaba del hombro una tira de cuero marrón.
Estamos listos, gritaron Piturro y Quique ya trepados en la caja de la camioneta. Cuando Pedernera subió al vehículo para iniciar el recorrido, descubrió que en el asiento del acompañante se encontraba el Pitu.
No le gustó. Arrancaron
La noche estaba cerrada. Aparecieron las primeras liebres.
Movimiento. Tensión. Disparos.
Pero algo no cerraba, el Pitu no miraba el campo, miraba el cielo.
Sacaba medio cuerpo por la ventana. Apuntaba. Esperaba.
Pasaron varios minutos en silencio.
Hasta que Pedernera no aguantó más.
—¿Cómo puede ser que no esté con sus amigos? —dijo—. Está mirando para arriba… y ahí no hay ninguna liebre.
El Pitu giró, tranquilo.
—Yo no cazo liebres.
Otra vez un silencio incómodo.
—¿Ah, no? ¿Y qué carajo cazás ahí arriba?
El Pitu dejó pasar unos segundos, a propósito. Se dio cuenta que Pedernera estaba asustado.
-Yo cazo platos voladores . Solo dijo eso. No necesitó más. Volvió a su posición inicial, con el cuerpo inclinado buscando el cielo. Como si nada.
Pedernera se quedó rígido, Clavó la vista en el camino. Sintió un sudor frío que le recorría la espalda.
Se había enfrentado a situaciones pesadas, pero nunca a un extraterrestre. El miedo lo invadió.
Desde ese instante, hasta el domingo, no dijo una sola palabra más, no preguntó, no miró el cielo, tampoco pudo dormir.
Estuvo siempre en alerta, no pudo relajarse.
Por primera vez en toda su vida sintió miedo. Mucho miedo. De verdad.
Recién se tranquilizó cuando, el domingo, los tres estudiantes se fueron. Y el campo volvió a ser… campo